PROHIBIDO MIRAR PARA OTRO LADO: sobre corrupción y militancia popular

PROHIBIDO MIRAR PARA OTRO LADO: sobre corrupción y militancia popular

No se puede relativizar la condena a un hecho de corrupción. Un ex funcionario de primer nivel enterrando bolsas con plata, no puede despertar otra cosa que asco e indignación. Sentimiento que debería generar en cualquier persona que conserva valores humanos elementales y sobre todo en quienes asumimos un compromiso social y político en defensa de los más humildes. Digámoslo claro. No se puede ser militante popular y no repudiar y denunciar la apropiación corrupta de fondos públicos. Ni siquiera debiera tolerarse la ostentación y el enriquecimiento de quienes viven de la política en un país en donde millones de compatriotas pasan necesidades, aun de parte de aquellos que sí pueden justificar sus declaraciones juradas.

Hay otra obviedad que decir. El caso de López no es un hecho aislado. No sólo en relación al gobierno anterior o al actual, sino a todo el funcionamiento del sistema político argentino. No todos los funcionarios o políticos son corruptos, es claro. Pero sí existe una corrupción generalizada desde el momento en que las enormes campañas electorales y las estructuras políticas tradicionales no se financian con el esfuerzo de sus militantes, sino con la asociación con intereses privados o mediante el uso de recursos del Estado. El debate sobre el financiamiento de la política es un tema pendiente, porque resolverlo supondría una verdadera democratización del sistema político, que nadie desde 1983 se ha animado a encarar.

La corrupción lacera además cualquier proyecto colectivo. Destruye, hace perder confianza y credibilidad por parte de la gente. Y con justa razón. Esto también es obvio pero, ¿Cuántas veces escuchamos justificar el afano por lo bajo con el argumento de que era un mal necesario? ¿Cuántas que era un argumento de la derecha y por tanto no había que tomar ese tema como agenda propia del campo popular?

Asumiendo esta perspectiva podemos denunciar la hipocresía de muchos que sólo hablan de la corrupción del Estado pero callan la del mundo empresarial privado, como si sobrefacturar una obra pública desde un Ministerio fuera distinto que sobrefacturar una operación de comercio exterior desde una empresa privada, cuando ambas acciones, además de inmorales e ilegales, afectan por igual al patrimonio público, es decir a la plata de todos los argentinos.

Desde esta mirada podemos combatir la asociación de la corrupción con el “estatismo”, a saber: con determinadas políticas públicas o con la intervención del Estado en la economía. Relación interesada por quienes buscan desacreditar la presencia del Estado como si el mercado fuera un espacio libre de sobornos, operaciones ilegales (algunas “off-shore”), evasión impositiva, etc.

Partiendo de esta premisa podemos también discutir contra quienes intentan instalar a la corrupción como un problema exclusivo del Poder Ejecutivo, como si el Poder Judicial o el Legislativo fueran ajenos al toma y daca por dinero o poder. O contra quienes pretenden hacernos creer que se trata de un comportamiento exclusivamente ligado al gobierno anterior, cuando vemos que los funcionarios de Cambiemos y el PRO no pueden explicar sus patrimonios, sus cuentas en el exterior y que un candidato de primera línea tuvo que renunciar el año pasado en medio de la campaña por un escándalo de corrupción con la pauta oficial de la Ciudad de Buenos Aires.

Aceptando esta incompatibilidad con nuestros valores y principios, es que podemos mostrar cómo el combate a la corrupción se utiliza muchas veces como argumento para justificar acciones que buscan garantizar exactamente lo contrario, la impunidad, como se evidenció en el caso de Brasil en donde una presidenta constitucionalmente electa y falsamente denunciada por corrupción fue volteada por un congreso mayoritariamente implicado en causas por sobornos.

O también demostrar cómo se utiliza al Poder Judicial para perseguir dirigentes opositores, con causas ridículas como la del “dólar futuro” o como forma de criminalizar la protesta social, como hemos visto en estos meses. Debemos separar la paja del trigo y ser capaces de combatir la intención de meter en una misma bolsa hechos distintos. No vamos a aceptar que nos digan que es lo mismo José Lopez que Milagro Sala, aunque nos bombardeen a diario uniendo lo que es diferente. No subimos al tren de la persecución ni tampoco avalamos o relativizamos hechos como los del día de ayer.

Desde esta posición es que podemos también señalar que la discusión sobre la corrupción no debe ser una herramienta de despolitización de la sociedad. Decir que el afano debe ser juzgado y condenado, pero que los problemas del país no se deben a los ilícitos o enriquecimiento de muchos funcionarios, sino a las políticas de Estado que se llevan a cabo en cada momento. Que no debemos cometer el error de finales de los noventa, cuando la mayoría de los argentinos votaron a la Alianza encabezada por De La Rua pensando en que al acabar con la corrupción menemista se terminaban los problemas y luego descubrieron en el 2001 que la cuestión de fondo era el modelo neoliberal y no los individuos que gestionaban los ministerios. Por eso tampoco vamos a permitir que se utilice la corrupción para desprestigiar conquistas sociales que defendemos porque son patrimonio del pueblo argentino.

Por rechazar visceralmente la corrupción como forma de construcción política es que decidimos junto a mis compañeros y compañeras emprender un camino por fuera de las estructuras tradicionales. Un camino más largo, más dificultoso, pero realizado con nuestro propio esfuerzo y la tranquilidad de nuestras conciencias. Ante los hechos de ayer, quienes tenemos un compromiso político y social no podemos simplemente repudiar el caso puntual. Esta vez no alcanza. Tenemos también que poner en debate la necesidad de una verdadera democratización de la práctica política y saber que quienes queremos una sociedad distinta, justa, más libre, más digna, también peleamos por una nueva ética en donde no caben los discursos a favor de los trabajadores y los más pobres y al mismo tiempo llenarse los bolsillos para vivir como los ricos.

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