Una hipótesis política para la Ciudad de Buenos Aires

Una hipótesis política para la Ciudad de Buenos Aires

Enfrentamos un dilema. Pese al pésimo desempeño de la economía, a las incumplidas promesas de campaña, a los errores garrafales cometidos durante estos meses de gestión, nada asegura que el apoyo social que permitió el triunfo electoral de la Alianza Cambiemos se haga añicos en el corto ni en el mediano plazo. No sólo por la operación sobre la “pesada herencia” ni exclusivamente por el blindaje mediático. Estamos viviendo una transición que excede largamente a nuestro país, recorre todo el continente, y para ser revertida requiere muchos más traspiés políticos del elenco gobernante. Sus funcionarios se preparan para hacer todo lo posible para que el 2017 sea un año lo suficientemente mejor que el actual como para que baste para ganar las elecciones legislativas, construyendo la expectativa de que todo va a mejorar.

Las elecciones del próximo año serán una batalla fundamental para definir las condiciones para dar pelea a la derecha. El peor de los contextos sería el de una oposición liderada por aquellos sectores más preocupados en quedar bien con el gobierno y cuidar sus bancas, que en defender al pueblo que está sufriendo. Que eso no ocurra depende de muchos factores, de la dinámica de los conflictos sociales que están en curso, y de decisiones de sectores políticos de mucho peso social e institucional, en particular del kirchnerismo y de Cristina.
Pero aquí queremos poner sobre la mesa otro aspecto, que juzgamos también crucial. Para debilitar la hegemonía macrista aparece una enorme oportunidad en la Ciudad de Buenos Aires, el suelo donde germinó y nació la más novedosa experiencia de la derecha y corazón de la Alianza gobernante, el PRO.

Una oportunidad política

El PRO gobernó la Ciudad de Buenos Aires durante dos mandatos completos y sin dudas logró estructurar una fuerza política con capacidad de gestión, buena política comunicacional y una renovación de la imagen institucional del Estado. Sin embargo, mientras el entonces Jefe de Gobierno se encontraba en pleno ascenso hacia su carrera presidencial, en su mejor momento político, ocurrió un hecho imprevisto. La mitad de los porteños y porteñas votaron en su contra y casi le hacen perder al PRO en su casa.

Esto requiere explicación: evidentemente la supuesta mayoría del macrismo en la Ciudad no estaba basada en una valoración positiva de su gestión, sino en buena medida en la oposición al gobierno nacional anterior. Cuando ese elemento se corrió de la escena, los resultados variaron y los problemas irresueltos o empeorados por el modelo amarillo salieron a la luz. Durante el macrismo empeoró el estado de los hospitales públicos, lo mismo sucedió con la educación, la vivienda es cada vez más inaccesible, los inquilinos están más desprotegidos y las villas aumentaron su densidad, la modernización del transporte fue reducida al metrobus y un largo etcétera de problemas irresueltos.

Superado el susto, Mauricio Macri logró ganar la presidencia de la Nación. Pero entonces ocurrió otro hecho insólito. El candidato que casi gana las elecciones locales, que decía que no apoyaba a Macri para presidente, fue nombrado nada menos que embajador en los Estados Unidos, un puesto político más relevante que muchos ministerios. Tal como él mismo ha declarado en los medios, el pase de Lousteau no implica renunciar a su aspiración a gobernar la Ciudad, pero inevitablemente la condición de esa disputa ha mutado a una interna del oficialismo.

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Lousteau, embajador en EEUU, junto a Mauricio Macri y Susana Malcorra

Las elecciones del año pasado desmontaron un mito: se le puede ganar la ciudad al PRO. La pregunta es qué tipo de fuerza o movimiento debemos construir para entusiasmar a cientos de miles de vecinos y vecinas de la ciudad, para tocar sus corazones e ilusionarnos con una Ciudad verdaderamente moderna y socialmente justa a la vez.
Tres ideas para una nueva plataforma ciudadana.

Hay quienes dirán que Lousteau pudo pelear el gobierno porteño porque era una opción de “centro”. No creemos que ese sea el motivo, que sería una interpretación derivada de la idea de que “la ciudad es de derecha y no se puede ganar”. Por el contrario, la Ciudad de Buenos Aires ha tenido históricamente una tradición progresista, pero que no ha logrado consolidar experiencias transformadoras de gestión. Creo que existen tres puntos para poner en discusión y poner manos a la obra:

  1. Un proyecto desde y para la Ciudad: Al menos por el momento, una alternativa al PRO no puede ser una mera expresión local de una estructura política nacional. Todas las experiencias exitosas, que lograron generar expectativas en la población, sea por derecha o por izquierda, han tenido ese carácter local, lo que de ningún modo supone evitar meterse en los debates nacionales. De hecho es un momento fundamental para levantar con mucha fuerza banderas nacionales como la defensa de la autonomía de nuestro país frente a los poderes mundiales, pero no hay contradicción con forjar una propuesta cuyas raíces están asentadas localmente y que se proponga conquistar el gobierno local.
  2. Una plataforma ciudadana y no un frente de partidos políticos: En la Ciudad existen innumerables experiencias de participación y compromiso con lo público. Centros culturales, asociaciones de vecinos, clubes sociales y deportivos, movimientos sociales, gremios honestos y consecuentes, centros de estudiantes, organizaciones de derechos humanos, colectivos de artistas, etc. No hay dudas que han jugado un rol fundamental en la defensa de derechos frente al modelo excluyente del PRO. Pero la brecha entre esa diversa y amplia participación ciudadana y la representación política ha sido enorme durante estos años. No se trata de unir a algunos partidos políticos en un nuevo frente, sino de forjar una nueva forma de participación política. Una plataforma ciudadana.
  3. Una propuesta abierta e inclusiva a diversas identidades políticas: Resulta improductivo reducir una propuesta alternativa en la Ciudad a una identidad política particular. No porque queramos negarlas, sino porque necesitamos superar dicotomías secundarias y darle voz a una mayoría social que probablemente no se unifique bajo ninguna etiqueta política particular. Si la derecha fue capaz de construir un nuevo lenguaje para representar sus intereses, desde el campo opuesto debemos ejercitar y exprimir la imaginación política para postular un discurso diferente. Ensayar y equivocarnos, seguramente, hasta acertar y lograr vencer.

La resignación no es un destino inevitable para la gente que quiere cambiar las cosas en la Ciudad. Nuestra ciudad concentra las ideas, el entusiasmo y la energía para dejar de ser gobernada por la derecha, y vale la pena compartir esfuerzos para aportar a la construcción del movimiento necesario para cambiar las cosas.

¿Qué hay detrás de las estadísticas de pobreza?

¿Qué hay detrás de las estadísticas de pobreza?

En estos días, varios me pidieron una opinión sobre el último índice de pobreza. Aquí van unas líneas para aportar al debate.

Los datos difundidos del INDEC sobre pobreza generaron mucha polémica. Es evidente que buena parte de las familias que no alcanzan los ingresos suficientes para superar lo que se denomina la “línea de pobreza” estaban en esa situación antes del 10 de diciembre. Tan cierto como que millones de personas fueron empujadas a la pobreza a partir de las políticas económicas implementadas por el nuevo gobierno.

Aunque las cuestiones técnicas resulten algo engorrosas es importante tomar con mucha precaución estos datos. En primer lugar porque el índice de pobreza que mide el INDEC se basa exclusivamente en los ingresos corrientes de las personas y no en otras variables. No necesariamente una persona que gana, digamos, $9.000 por mes, es más pobre que una que gana $10.000. Por ejemplo, si la primera tiene vivienda mientras la segunda debe afrontar un alquiler, correspondería colocar en una escala de “pobreza – riqueza” a la segunda en una situación de peores condiciones de vida que la primera, pese a que sus ingresos corrientes sean un poco mejores. La diferencia entre los conceptos de ingresos y riqueza (o pobreza) es fundamental, tanto que puede haber procesos de redistribución del ingreso – como el que ocurrió en la última década – que no necesariamente generan ni suponen una redistribución de la riqueza.

También hay que tener mucho cuidado con las comparaciones históricas y con relación a otros países, porque la variable ingreso no registra tampoco otros elementos fundamentales que hacen a las condiciones de vida de una familia o una persona. Dado un nivel de ingreso monetario, no es lo mismo vivir en una sociedad en donde existen garantías de acceso gratuito y de calidad a educación, salud y seguridad social por ejemplo, a hacerlo en un lugar en donde esos derechos no están garantizados. Al reducir la valoración sobre el nivel de pobreza a la percepción de ingresos, se dejan de considerar variables fundamentales para medir las condiciones de vida de una población en un determinado país en un determinado momento histórico.

En segundo lugar es fundamental comprender que lo relevante en este tipo de estadísticas son las tendencias, ya que los valores absolutos tienen siempre un componente arbitrario. Por ejemplo, según los datos difundidos por el INDEC durante el segundo trimestre de 2016, un hogar pobre promedio necesitaba ingresos por $12.851 mensuales para acceder a una canasta básica de bienes y servicios. De esa cuenta resulta que el 32,2% de las personas en Argentina son pobres, casi 1 cada 3 habitantes del país. De acuerdo a la forma de medir estas canastas, los resultados podrán dar muy superiores o muy inferiores. Es obvio que una familia que tiene que vivir con $13.000 mensuales es tan pobre como una que tiene que hacerlo con $12.500, por más que esté levemente por encima de la “línea de pobreza”. Como siempre existen este tipo de arbitrariedades, lo relevante es medir las tendencias más que los números absolutos. Dado un determinado indicador de ingresos y pobreza, ¿está subiendo o bajando la pobreza en Argentina? La respuesta es muy contundente. Está subiendo, y mucho.
La visita del FMI y la pobreza

La reciente auditoría del Fondo Monetario Internacional arrojó un resultado más que predecible. Se trata de un organismo que postula para todas las economías del mundo una receta similar: austeridad fiscal, desregulación del mercado, apertura de economías, flexibilización laboral. No importa si se trata de un país pobre o rico, periférico o central, de economía centralmente primaria o industrial, la receta es la misma para todos y la promesa es que si se aplica correctamente, los resultados serán maravillosos. Nuestro país ya transitó ese camino más de una vez.

La comparación con la década de los noventa no es caprichosa. Durante los primeros años del menemismo los indicadores de pobreza se mantuvieron estables e incluso en descenso luego del plan de convertibilidad. Pese al aumento del desempleo, en 1995 Menem fue reelecto y prometía cosas muy parecidas a “pobreza cero” y se sustentaba en los datos favorables de las estadísticas. Sin embargo, el modelo económico que el FMI alentaba y elogiaba estaba destruyendo el tejido productivo asociado al mercado interno, los sistemas esenciales de educación, salud y seguridad social, la integración y movilidad de nuestro país e incubando una crisis de deuda externa que estallaría al final de la década.

El presidente Mauricio Macri pidió ser evaluado por su éxito o no en reducir la pobreza y la clave postulada para lograr ese objetivo es bajar la inflación. ¿No estaremos frente al peligro de comprar nuevamente un engaño similar? ¿Será la Argentina un país con mejores condiciones de vida para su gente si retornamos a las recetas del Fondo Monetario Internacional? ¿Tenemos que concentrarnos exclusivamente en observar la evolución de las estadísticas de inflación y pobreza o mejor intentar vislumbrar qué modelo de país se propone establecer el gobierno de Cambiemos?

Macri en el G20: A los de afuera les dice la verdad

Macri en el G20: A los de afuera les dice la verdad

En la cumbre del G 20 Mauricio Macri volvió a remarcar que su agenda es la del norte. Barack Obama lo consideró como “un ejemplo para el mundo”, mientras Christine Lagarde, directora del FMI, declaró que las reformas de Macri eran muy “alentadoras”.

Mauricio Macri volvió a mendigar en su discurso ante las naciones más poderosas del mundo los dos pilares de su gobierno: deuda externa e inversiones extranjeras. En relación a lo primero pidió “financiamiento a largo plazo”. Actualmente Argentina tomó deuda externa por 32.000 millones de dólares desde que asumió la nueva gestión, el equivalente a todas las reservas actuales del Banco Central. Sin embargo este elevadísimo monto parece ser nada más que el comienzo de un intenso ciclo de endeudamiento, ya que todo indica que el nuevo modelo económico no se sostiene sin deuda.

Lo que más le preocupa a Macri son las inversiones extranjeras, las cuales promete y no llegan. Como gesto de buena voluntad a principio de año eliminó todo tipo de restricción para que las empresas extranjeras saquen las ganancias obtenidas en el país. El resultado fue que, según el Balance Cambiario del BCRA, hasta julio entró inversión extranjera por U$S 1.448 millones y en ese mismo periodo las empresas extranjeras giraron dólares al exterior por U$S 1.487 millones, una cuenta que suma cero.

En la búsqueda de inversiones el presidente señaló que “Es imprescindible que desarrollemos marcos legales transparentes y predecibles, que le den seguridad al inversor” y “pidió combatir el proteccionismo en todas sus formas”. No son solo declaraciones, es lo que el gobierno ya viene haciendo pero afuera lo expresa con claridad. Cuando habla de seguridad para el inversor, destaca por ejemplo la desregulación de las ganancias de las empresas extanjeras que pueden disponer de divisas libremente sin exigencias de inversión por parte del Estado nacional. En relación al proteccionismo pone en palabras la paradoja argentina: mientras el consumo privado se derrumba, se dispararon las compras de bienes de consumo al exterior por la eliminación de protecciones. El resultado es que no solo se vende menos, sino que lo que se vende es importado, impactando duramente en la producción nacional y en el empleo.

En este afán de decir la verdad se animó a hablar de la completa “eliminación de los subsidios distorsivos” cuya reducción explicó el tarifazo de este año. Los países desarrollados se caracterizan por el uso de subsidios, pero a los países atrasados les piden que no los utilicen, Macri tomó nota de eso y se propone ser su mejor alumno.

Si miramos los 200 años de historia argentina, vamos a descubrir que la mayor parte nuestro país se dedicó a hacer todo lo posible por conseguir el favor y el apoyo de las grandes potencias. Buena parte de nuestra economía esta moldeada por la relación que en su momento establecimos con Inglaterra, luego con Estados Unidos y otras potencias europeas. Ese viejo libreto hoy ha vuelto y el nuevo gobierno nos convoca una vez a pensar que la clave para el progreso del país es la “asociación con el mundo”. En el G20 el presidente dejó claro qué entiende por esa “asociación”. Lo que Macri dice afuera es lo que realmente piensa. Allí sí dice lo que quiere hacer en el país.

El desempleo más alto en 10 años

El desempleo más alto en 10 años

El desempleo llegó a 9,3% en el segundo trimestre del año según el INDEC, la cifra más elevada desde el año 2007. La relevancia del dato llevó a que Jorge Todesca, el director del organismo designado por Macri, reconozca que “es claro y evidente que la situación del mercado de trabajo es muy grave”.

 

¿Cómo llegamos a esta situación? La pérdida de puestos de trabajo está relacionada a tres factores que operaron durante los primeros meses del gobierno de Macri:

  • Caída de la demanda: durante el primer semestre del año el consumo privado se retrajo 6,4% en relación al mismo periodo del año anterior según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME). Esta caída fue inducida por las políticas del macrismo, especialmente la devaluación y el tarifazo, que elevaron la inflación de 24% al momento de asumir Macri a 47% en junio según el indicador elaborado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Tal incremento de precios no fue compensado por los aumentos salariales por lo que se redujo significativamente el poder adquisitivo de la población.
  • El menor poder de compra se reflejó en la fuerte caída del consumo que al retraer la demanda redujo la producción y por ende la demanda de trabajo en el sector privado
    Apertura de importaciones: en la Argentina ocurre un fenómeno paradójico. Mientras cae el consumo interno se incrementan las importaciones de bienes de consumo. En el primer semestre del año estas últimas se expandieron 10% respecto al mismo período del año anterior. Por lo tanto, no sólo consumimos menos, sino que además estamos reemplazando una parte de lo que compramos por productos importados. Lógicamente este desplazamiento de producción local por extranjera repercute en el empleo ya que es un segundo golpe a la producción nacional.
  • Desregulación del mercado laboral: el Estado cuenta con diversos mecanismos para intervenir en los conflictos laborales a favor de preservar los puestos de trabajo. Sin embargo, en la concepción del macrismo el gobierno no debe meterse en asuntos privados y el mercado de trabajo se debe regular “libremente”. Ejemplo claro de esto es el veto a la Ley Antidespidos que proponía la doble indemnización como un camino para frenar el creciente desempleo. El gobierno también contribuyó directamente a la suba del desempleo a través de los despidos en el sector público, tanto en ministerios como en diversos organismos estatales. Estos despidos se concentraron a principio de año dando además una señal que operó como disciplinadora para todos los trabajadores a la hora de negociar paritarias y dio vía libre al sector privado para ir en ese sentido. En síntesis, hoy no hay ninguna política pública para intentar evitar que cientos de miles de personas queden sin trabajo.

Cuidar el empleo no parece ser en absoluto una prioridad del macrismo y lo reflejan nítidamente los números. Pero esto no es fruto exclusivamente de la insensibilidad social de los funcionarios. Un desempleo creciente implicará salarios más bajos ya que los trabajadores por miedo a perder el trabajo reclaman menores aumentos tal como se reflejó en la última paritaria. Para un gobierno de empresarios, que administra y razona con la lógica de los empresarios y con un presidente que habla como empresario y no como Jefe de Estado, esto no es mala noticia.